El público en general asocia la consulta a un nutricionista con un motivo básico: bajar de peso. Del mismo modo que el psicoanálisis y la psicología parecen ser la misma cosa.
La cuestión pendiente es: ¿Las personas corrientes, o los posibles pacientes están bien informados? ¿O los profesionales de la nutrición y la conducta transmitimos mal los objetivos y técnicas de nuestra práctica?
El manejo de la información proporciona siempre un cierto poder sobre quien precisamente no la tiene, pero en esta tarea ¿quiénes son realmente los mal informados en primera instancia?
Una cosa es transmitir bien una información incorrecta o insuficiente, con lo que la responsabilidad profesional queda a salvo, y otra es limitar intencionalmente la transmisión de determinados conocimientos con fines económicos, políticos, etc. Obviamente, el paciente se perjudica en ambos casos.
Con el mismo optimismo con el que seguimos creyendo que todos los pacientes son capaces de curarse con nuestra ayuda, vamos a tratar de desarrollar el primero de los asuntos descriptos: la información que hizo a nuestra formación y que tiñe inevitablemente el ejercicio de nuestra actividad.
El ejercicio de las profesiones en general provoca en la mayoría de los casos una inevitable desilusión en sus comienzos: la vida se parece poco a la universidad.
La primera reacción ante el hecho es enojarse con quienes fueron nuestros maestros, con los programas vigentes, con la estructura del conocimiento en estas benditas comarcas. Y luego quedan dos caminos: empecinarse en meter de cualquier modo a los pacientes en el modelo teórico del que estábamos orgullosos, y cuando las cosas no salen responsabilizarlos, o relativizar por un tiempo lo aprendido en la facultad y empezar de nuevo a buscar otras respuestas a las mismas preguntas de siempre.
Quienes esto escriben pretenden compartir con todos Uds. las conclusiones de años de contacto con pacientes y teorías, y para empezar, vamos a proponer la siguiente definición:
La NUTRICION, es la suma de todos los procesos psicofísicos que, relacionados o no con el hecho de alimentarse, condicionan la conducta humana frente a la necesidad de ingerir alimentos para conservar la vida.
Nuestra actitud para con ellos no es un hecho aislado, y depende de muchos factores, entre los que a veces, está el apetito fisiológico.
Esto es solo la punta de este iceberg. Les proponemos un pequeño ejercicio para empezar a entendernos. Cada vez que esté por ingerir algo, pregúntese sólo una cosa:
¿Por qué lo estoy haciendo?
Si ya tiene las respuestas, prometemos no molestarlo (¡y pedirle una cita urgente!). De lo contrario, nos vemos en la próxima entrega.
El objetivo de esta serie de notas es divulgar algunos aspectos del ejercicio de la profesión que suelen quedar desplazados por otros considerados como más relevantes, y a veces hasta como únicos e indiscutibles.
Agradeceremos nos hagan llegar sus inquietudes y comentarios.