Cómo los ejercicios de fuerza podrían controlar la diabetes en individuos obesos

Publicado el 24 de junio de 2019


Mediante experimentos con ratones, investigadores del Laboratorio de Biología Molecular del Ejercicio (LaBMEx) de la Unicamp observaron que 15 días de entrenamiento moderado fueron suficientes como para modificar la expresión génica en el tejido hepático, favoreciendo así la “quema” de los lípidos almacenados y contribuyendo al tratamiento de la enfermedad hepática grasa no alcohólica. Como consecuencia de ello, se produjo una mejora en la señalización celular a cargo de la insulina en el tejido y una disminución de la síntesis hepática de glucosa.

Tal como explicó Leandro Pereira de Moura, docente de la Facultad de Ciencias Aplicadas de la Unicamp y coordinador de la investigación, el exceso de grasa en el hígado provoca una inflamación local que vuelve a las células hepáticas menos sensibles a la acción de la insulina. Este cuadro puede progresar hacia la cirrosis e incluso causar la falencia del órgano.

“En individuos obesos con riesgo cardiometabólico, la reducción de la grasa hepática es fundamental para ayudar en el control de la diabetes. Cuando la señalización de la insulina se ve comprometida en el tejido, el hígado pasa a liberar esta sustancia en el torrente sanguíneo aun después del consumo de hidratos de carbono, cuando los niveles de insulina se encuentran altos. Y esto aumenta los niveles de glucosa en la sangre”, declaró Pereira de Moura.

Para investigar el efecto de los ejercicios físicos de fuerza en el hígado, se realizaron experimentos con tres grupos de ratones. El grupo de control se alimentó con la comida estándar (con un 4% de grasa), y los animales siguieron delgados y sedentarios. El segundo grupo recibió una dieta hiperlipídica (con un 35% de grasa) durante 14 semanas –el tiempo suficiente como para que los animales se vuelvan obesos y diabéticos– y también permaneció sedentario durante el experimento. En tanto, a los animales del tercer grupo se les dio un alimento hiperlipídico y, cuando ya se encontraban obesos y diabéticos, se los sometió a un protocolo de ejercicios de fuerza moderado a lo largo de 15 días. 

“Antes de poner en marcha el experimento, se realizaron pruebas a los efectos de determinar la carga máxima que cada animal lograba soportar. Luego efectuamos cálculos para aplicar en las sesiones de ejercicio tan sólo un 70% de esa carga máxima. Sucede que este equipo ya demostró que los excesos de entrenamiento pueden contribuir de manera significativa en la instalación de la enfermedad hepática grasa no alcohólica. Cuando no es controlado, el ejercicio agotador puede ser más prejudicial que beneficioso”, dijo Pereira Moura.

En efecto, los investigadores observaron que los ratones del grupo entrenado aún estaban obesos al final del protocolo, pero exhibían valores normales de glucemia en ayunas. En tanto, los obesos sedentarios no mostraron cambios en su diabetes hasta el final del experimento.

Al analizar el tejido hepático, fue posible notar una disminución de un 25% a un 30% de la grasa local en el grupo entrenado en comparación con los obesos sedentarios, un fenómeno acompañado por una reducción en la cantidad de proteínas proinflamatorias. Pero el índice de grasa hepática de los animales entrenados aún era alrededor de un 150% mayor que el del grupo de control.
 
Para evaluar el efecto de los ejercicios de fuerza con la intención de controlar la gluconeogénesis hepática, los científicos realizaron una prueba de tolerancia al piruvato.

“Esta prueba consiste básicamente en administrarles piruvato a los animales y evaluar qué cantidad de glucosa se produce en el hígado. Se observó que los ratones entrenados producían menos glucosa que los obesos sedentarios aun cuando recibían la misma cantidad del sustrato. Esto demostró que el hígado en los animales entrenados pasó por alteraciones metabólicas que lo volvieron más sensible a la insulina”, dijo Ferreira de Moura.

La etapa siguiente consistió en investigar de qué modo los ejercicios promovían la disminución de la grasa hepática. Para ello los investigadores analizaron en el tejido la expresión de genes implicados en la y en la lipólisis.

“Al comparar a los animales obesos sedentarios y ejercitados, mediante análisis génicos y proteicos, se evaluó la síntesis y la oxidación de la grasa hepática. Se observó que los animales sedentarios exhibían una mayor facilidad para acumular grasa en el hígado, en tanto que los que fueron sometidos al ejercicio físico acumulaban menos grasa en el órgano”, dijo Ferreira de Moura.

Según el investigador, un importante aporte de la investigación consistió en mostrar que los ejercicios llevaron a alteraciones beneficiosas en un tejido que no sufre acción directa de las contracciones musculoesqueléticas.

“El próximo paso consistirá en investigar cómo transcurre esa comunicación entre los músculos y el hígado. Tenemos la hipótesis de que estaría implicada una proteína conocida como clusterina”, dijo.

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